Villa La Angostura: Huinquense superó una prueba extrema de 200 Km en 67 horas

guzetta

Recorrió los 200 kilómetros de la prueba de autosuficiencia en 67 horas y quedó 13 de sólo 30 que alcanzaron la meta. Ciento veinte participantes largaron la prueba extrema que se puso en marcha en Villa La Angostura 

Martín Guzzetta es oriundo de Huinca Renancó, pero desde hace dos décadas está radicado en Río Cuarto. El productor agropecuario comenzó a correr a los 32 años, luego de una operación de apendicitis, y siete años más tarde logró llegar a la meta de la prueba atlética más difícil de nuestro país: La Misión.

Ésta es una competencia de autosuficiencia de 200 kilómetros. Alcanzó la meta luego de más de 67 horas, de las cuales sólo en cuatro de ellas descansó.

Largó y llegó junto a un amigo de Costa Rica que conoció en otra carrera extrema como la que se hace en Fiambalá, de 180K en cinco etapas.

Puntal dialogó con Guzzetta y nos contó de su inolvidable experiencia, aunque dijo que no la repetiría.

– ¿Cuándo comenzó con la preparación?

– Entre septiembre y octubre del año pasado me propuse como un desafío personal  hacer este desafío. Me puse de acuerdo con Claudio Jofré, mi entrenador, y planificamos los entrenamientos.

En realidad yo no tenía mucha experiencia en este tipo de pruebas de una distancia tan larga, si bien había hecho dos años seguidos la carrera de Fiambalá.

Empecé con muchos fondos y cada quince días iba a El Chacay  y ahí hacía entre cuatro y seis horas entre correr y caminar, porque en sí La Misión es más de trekking, ya que no podés correr tanto.

–  Al ser esta una prueba de autosuficiencia y no tener experiencia, ¿quién lo ayudó a armar el equipamiento?

– Un amigo de los que conocí en Fiambalá me enseñó cómo y qué llevar en la mochila. La bolsa de dormir, el saco vivac, el botiquín, un pantalón y una campera impermeable son imprescindibles, si no no podés pasar el control previo.

Hice una inversión importante, porque cuanto menos peso llevás es mejor. Igual cargábamos entre cuatro y cinco kilos en la espalda, más el agua para hidratarnos.

– ¿Fue importante haber ido acompañado?

– Sí, fue muy importante porque nos acompañamos mucho, sobre todo en los momentos muy críticos en que el frío y el viento se hicieron insoportables.

Es en ese momento en el que te das cuenta de que no estás preparado para esa distancia y esas condiciones climáticas.

– ¿Qué día y a qué hora largó?

– Comenzamos el jueves 13 pasadas las diez de la mañana desde Villa La Angostura. Comenzamos a transitar los cerros e hicimos cumbre y luego fuimos sobre el filo de la montaña. Allí tuvimos la primera vista maravillosa, pero nos encontramos con la dificultad de que no podíamos correr.

Es más, previamente habíamos hecho un cálculo de que en veinte horas íbamos a hacer los 100 kilómetros y nos encontramos con que era totalmente ilógico por el grado de dificultad.

– ¿Cómo se alimentó?

– Había que llevar tu propia comida, que la podías consumir recién a los 90 kilómetros y a los 160 K. Se trata de alimentos estabilizados que vienen en una bolsa y al abrirla les agregás un poco de agua. Ese químico se hierve y se transforma en un alimento con muchos nutrientes.

Además llevás barras de cereales para consumir entre puesto y puesto. Y el agua que tomás durante el recorrido es de los deshielos, pero por momentos está tan fría que no sólo te quema los labios, sino la garganta también.

– ¿Cuándo paró a descansar?

– De las 67 horas que tardamos en unir el recorrido, sólo descansamos cuatro y repartidas en dos campamentos.

La primera vez fue a los 110 kilómetros. Ahí llegamos a las 12 y dormimos hasta las 3.

Y la segunda fue a los 160K. Ahí comimos y al salir nos equivocamos y tomamos por otro sendero, pero rápidamente nos dimos cuenta y retomamos por el camino correcto.

– ¿En algún momento se le cruzó la idea de abandonar?

– En el kilómetro 120 pedí asistencia en un puesto de control porque tenía mucho líquido en las rodillas y los tobillos, pero me comunicaron que sólo si me bajaba de la competencia me podían asistir. Así que decidí continuar.

– ¿Y cómo fue la parte final?

– Llegamos al segundo puesto de comida y allí encaramos el tramo final en medio de una gran neblina y mucho viento. Allí tuve un principio de hipotermia, pero mi compañero se dio cuenta rápido y me hizo colocar la bolsa de dormir sobre los hombros, arriba la campera y una manta térmica.

Ahí la pasamos mal porque no veíamos nada, ni las marcas. Nos decían que la sensación térmica era de menos veinte grados y el viento nos tiraba para cualquier lado.

Luego nos quedaron los caminos descendentes y la última parte, que era ascendente, por una pista de esquí de arena. Eso fueron diez kilómetros terribles.

– ¿Pensó que era tan difícil como lo fue?

– Nunca me imaginé que era así, es más, si hubiese sabido que era tan dura no la hubiese hecho.

Me habían hablado de ‘el sueño blanco’ y lo viví. Es cuando vas caminando y empezás a ver cosas que no son, como gente que viene de frente y no existe. Esto es producto del cansancio, el sueño y el hambre.

Por momentos la pasamos mal. Hay que estar muy bien preparado, sobre todo mentalmente.

Doy gracias a que la hice con un amigo, porque de lo contrario me parece que hubiera sido imposible llegar a la meta.

Lo que nos mantuvo en carrera es que queríamos llegar y al estar con alguien al lado te vas apoyando.

– ¿No la haría de nuevo?

– No. Quedé conforme con haber llegado y con el puesto que logré. Llegué decimotercero entre 30 que finalizaron, de un total de 120 que largaron.

Darío Pablo Palacio – Puntal 

Comentarios